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Lunes 27 de abril de 2009, por
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No hace mucho, mientras leía Traditional Papermaking and Paper Cult Figures of Mexico, el magnífico trabajo de Alan Sandstrom y Pamela Effrein Sandstrom, me sucedió algo muy extraño. Cuando me topé de nuevo con esa vieja palabra amiga, amoxtli, sentí como si se exprimieran en mis recuerdos el jugo de casi treinta años; el jugo de una vida que, al saborearla así, de repente, solo puedo describir como el concentrado de unos extraños y olorosos frutos, únicos porque sólo se dan en el México que me ha tocado vivir.
Saben mis vivencias a mango o pitaya, a chirimoya o biznaga, o quizá como a las cuatro frutas juntas; y tienen además un extraño sabor amargo, que agarra como el membrillo y pone los dientes de filo. Sé que este inexplicable brebaje llamado México contiene ponzoñas, pero con los años lo he aprendido a beber en pequeños sorbos. Es más, por fin sé que lo necesito para sobrevivir.
Amoxtli, pues, quiere decir libro. Es un vocablo tan bello que gusto usarlo para nombrar los libros que hacemos l@s artistas. Su antigüedad me obliga a pensar que no importa cuánto virtualicemos nuestras vidas, cuánto digitalicemos nuestra existencia, nuestros muy particulares amoxtlis llegaron para quedarse:
en su encanto individual y su exquisita intimidad;
en su poética ligereza (son como copos de nieve, todos distintos);
en su respeto al pasado y a la ininterrumpida historia del libro que expone pensamientos;
en su ocurrente capacidad para contener ideas, aún sin requerir las letras, para canalizar -mucho más allá de las restricciones de la industria- aquello que compartimos tantos creadores en tantas latitudes…
en todo esto, amoxtli (el libro/obra), esta singular, casi modesta variación al arte, se erige como una de las respuesta más ingeniosas que hubiera podido recuperar del pasado el siglo veinte.
Además de los míos, he hecho libros de otros para otros, los he hecho con otros y, en una que otra ocasión, por otros. Todos los libros son, siempre, para otros. Sé que muchos libros se leen y son leídos; los que más me interesan (por eso me gustan tanto) son los hechos para ser vistos, para ser tocados. Porque los libros no sólo entretienen sino nos tienen… ¡éso! ¡Éso es! A mí, mis amoxtlis me tienen: por eso también los hago, esto es claro.
Hacer un libro no es algo del otro mundo. Yo he hecho libros sin páginas ni portada ni lomo. Los he hecho sin tinta ni hilos ni cola. Los he hecho sólo con guillotinas (algunas como las de El Siglo de las Luces, de Alejo; otras como la cuchilla de Carpentier).
También los he hecho con hojas traídas por vientos que no saben leer. Siempre he querido hacer un amoxtli con algas de mar y otro con huesos blanqueados por el sol. Será mañana.
Si mis obras son libros, y mi vida es un libro abierto y entre libros nos vemos, es porque hacer libros me da la libre posibilidad de liberar los logros de la ocurrencia: hacer libros es compartir ideas.
Junio poético. Poiésis como antonimia de mimesis. Lo original en lugar de la copia. Debe existir, entre el pensamiento griego y el náhuatl, un resquicio donde podemos rescatar la esperanza del presente futuro. Para lograr esto, quizá se requiera abrir nuestros días para trabajar con las manos, donarnos primero una hora a la semana, luego otra y más, para dejarlas reunir botones y palabras, nylon y totomoxtle, papeles reciclados o hechos en licuadoras o encontrados en los basureros de la ciudad, para permitirle a nuestros dedos pensar y crear libros, los amoxtlis y quipús que buscamos sin encontrar en librerías ni bibliotecas.
Quizá también se requiera que nos acerquemos a la faena libresca con humildad y compañerismo, y reunirnos -como lo hacemos este junio- sin pensar en mamar de ninguna chichi más que la de la comunidad. Imaginemos (decía Lennon) encuentros como este en otras partes de la ciudad (de esta y de otras ciudades), cada cuando, acaso cada veinticuatro o treintiséis meses, para ver lo más nuevo que haya salido de nuestras manos/dedos/pensamiento. tiánguis/tiankiztli de libros/amoxtli, de códices que registren el día con día de nuestros días, sin pensar en burocracias ni funcionarios ni…
Qué suave sería.
Felipe Ehrenberg
(Pastiche de textos, recreado en Portales; junio del 2000)